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Hoy en día nos cuesta creer que hubo una época en la que no existían los relojes digitales, porque estamos tan acostumbrados a su existencia y a su uso que no nos hacemos una idea de que se trata de una invención relativamente moderna.

Concretamente, el reloj de pulsera digital se inventó en el año 1956 y, como era previsible, supuso una gran revolución en la industria relojera, ya que este tipo de relojes permite la fabricación de maquinarias más baratas y mucho más precisas que las tradicionales maquinarias de funcionamiento mecánico.

La reducción de costes y, por tanto, de precio final, de este tipo de relojes ha ido evolucionando constantemente a medida que la tecnología digital y la electrónica en general han ido evolucionando.  Este hecho ha permitido que en la actualidad, los precios sean realmente asequibles y que sean para todos los bolsillos.

Otra de las grandes ventajas de los relojes digitales es que por lo general son bastante precisos, y se atrasan mucho menos de lo que lo hacían los relojes mecánicos tradicionales (a cuerda), y no necesitan que se les de cuerda ya que funcionan directamente con la pila que llevan incorporada.

Por otro lado, la aparición de los relojes de pulsera digitales facilitó la lectura de la hora. Al abandonar las manecillas tradicionales, los relojes digitales muestran la hora tal como es, con números, por lo que no es necesario entender ni el funcionamiento de la esfera ni el de las manecillas.

Gracias a lo sencillos que resultan y a su reducido coste, los relojes de pulsera digitales los utilizan los niños cada vez a una edad más temprana, y la realidad es que pueden llevarlo desde el mismo momento en el que el niño o la niña puede entender los números. Aunque también es cierto que los relojes digitales acostumbran a los niños a entender sólo los relojes digitales y luego les cuesta más leer la hora en un reloj de display tradicional, es decir, en el reloj con las manecillas de toda la vida.