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El ser humano siempre ha tenido la obsesión de controlar el tiempo, de poder determinar de una manera certera el momento del día en el que se encuentra y el tiempo que falta para anochecer o para amanecer.

Las antiguas civilizaciones se guiaban simplemente por la situación del sol y de la luna y de sus ciclos, para comprender el tiempo. El primer reloj del que se tiene constancia data de 3.000 años antes de Cristo, cuando se creó el primer reloj en China. Se trataba de un reloj solar que marcaba las horas en función de la sombra que quedaba reflejada sobre el suelo.

Más adelante, los romanos, además de aprovechar la invención del reloj solar, añadieron una aportación particular al ser capaces de calcular las horas nocturnas. Lo hacían a través de una vela marcada, de forma que la vela completa era la noche entera, y cada marca representaba una porción de la misma.

No fue hasta el siglo III después de Cristo cuando surgieron los primeros relojes de arena (como herencia de unos complicados artilugios que medían el tiempo por el paso del agua de unos cubículos a otros).

Los primeros relojes accionados por motores no aparecieron hasta el siglo VIII. Evidentemente, se trataba de motores muy sencillos, accionados por un juego de pesas que, en función del tiempo que tardaban en subir o bajar, marcaban las horas.

Por su parte, el primer reloj de péndulo, como lo conocemos hoy en día, no apareció hasta el siglo XVII gracias a las aportaciones de Galileo.

En cuanto a los relojes de pulsera, éstos aparecieron por primera vez a principios del siglo XX de la mano de la firma Cartier y con el diseño de Alberto Santos, un inventor brasileño al que se le ocurrió la original idea de colocarle una correa a un reloj. El invento, como no podía ser de otra manera, causó sensación y Cartier lo comercializó bajo el nombre de Cartier Santos.